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Doña Felipa, el parto en el carro camino a Melo y sus 80 años de tambera

Doña Felipa Muriel tiene 80 años y aún, en las 50 hectáreas que explota junto a uno de sus hijos, junta alguna vaca de vez en cuando para llevar ordeñar: es que “el tambo es mi vida”, dice.

Nació y se crió en un tambo y siempre en Colonia Ceres, muy cerca de la capital melense, desde épocas en que en la zona todavía no estaban todos la predios alambrados y ni soñar con la existencia de máquinas de ordeñe.

Allí mismo, en Colonia Ceres, y encima de un carro, en el camino, tuvo a uno de sus hijos, precisamente el que ahora está al frente del tambo. Cuenta con detalles el parto: fue en plena cosecha de boniatos, y acababa de carnear una gallina, que iba a servir con arroz, hasta que se empezó a sentir “molesta” y “con dolores”, ya pronta para dar a luz. La subieron al carro y cinco leguas más adelante el parto se precipitó: dos kilómetros más adelante llegó a la casa de su madre, quien “cortó el ombligo: quemó un corcho y con el carbón del corcho le rodeó el ombliguito, le puso una gasita y ahí quedó”, revive el episodio, orgullosa, como si fuera hoy.

En sus mejores épocas llegó a ordeñar 27 vacas a pulso; y juntaba las vacas en el predio de 100 cuadras, de su madre, a pie, desde las 12 de la noche, para llevar al otro día, bien temprano, la leche a Melo.

Nunca le hizo mueca al trabajo: “La última vez que me quebré este brazo tenía 30 terneros guachos”, cuenta, y hasta por pudor es preferible no preguntarle cuántas veces se lo quebró!

“El tambo es mi vida y a veces, a pesar de las dificultades, preferí sacrificarme yo, porque me gustaba tanto que me obligaba a seguir adelante; nunca pensé dejarlo”, asevera.

Y mucho menos dejar el campo: “el pueblo me enferma, nunca me adapté”, le cuenta a José “Pepe” Medina, para el Ciclo “Charlando con la gente” de Hora del Campo, en el siguiente diálogo que reproducimos:

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